Anoche llovió en el ágora madrileño. Los insubordinados resistieron. Ya se sabe lo difícil que, para los propósitos humanos, resultan los elementos. Napoleón y otros lo pagaron caro. Los plásticos y la energía juvenil en este caso bastaron para una primera batalla victoriosa. La noche fría y húmeda no impidió la continuación del trabajo de organización. "Durante la noche han continuado los trabajos de los distintos comités que se encargan de buscar alimentos, bebidas e incluso medicinas", dice la prensa.
El movimiento sigue movido por la pasión. Anoche la plaza se llenó aún más que otros días estimulados los participantes por la noticia de una confusa prohibición por parte de las autoridades incompetentes. El desconcierto de toda la clase política es manifiesto y patético. Siguen sin entender nada de lo que se está cociendo en la olla ciudadana. Se niegan a aceptar la radicalidad de la propuesta rebelde y cínicamente manifiestan su "comprensión" a sus demandas. Continúan mirando de arriba hacia abajo y no se dan cuenta que esa jerarquía es la que está justamente está en cuestión. Se niegan a entender que esto no es desorden sino otra forma de orden. No saben manejarse con una rebeldía que no está en los márgenes sino en los intersticios del centro.
La derecha y la extrema derecha mediática, esa que se fué sacando durante estos años su difraz democrático, ahora está asustada por el contenido "antisistema" de la protesta a la vez que, de nuevo, quieren ver la mano oculta del Zapatero en los acontecimientos. El PSOE no quiere aceptar que el movimiento les niega su caracter de organización ni siquiera progresista y que su futuro está en cuestión. Izquierda Unida trata de reivindicar su comportamiento político crítico desde siempre. No le falta razón pero sabemos el alcance del terremoto sociopolítico de la protesta.
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