Mario se abriga porque en la Sierra madrileña ahora hace un frío del carajo, aunque no es imprescindible que los grajos aparezcan por algún lado, y sale a acompañar a sus ovejas por las laderas de unos montes hirsutos y cenicientos. Yo acompaño al acompañante y también me abrigo, preparándome para caminar unas horas de quietud bajo un sol invernal que lucha contra el incansable viento serrano. Aquí hay poesía a la espera del poema y del poeta que lo escriba.
Las ovejas son seres extraños, gregarios hasta el exceso. Son máquinas de comer, instintivas y sensoriales. Nacen para reproducirse, como nosotros, los monos desnudos, sólo que ellas no lo saben. Nosotros lo sabemos pero eso no nos salva de la estupidez. Mario me dice que este gregarismo atrae a los corzos, que él ha visto durmiendo en medio del rebaño de ovejas. Todos, al parecer, necesitamos el calorcito de la manada, o de la tribu, para paliar por un momento la soledad que, aunque la busquemos, no deja de parecernos, a veces, excesiva.
A Mario le gusta este bosque que ha ido creciendo de manera espontánea, sin que sea necesario una plantación de árboles con diseño ingenieril y objetivos de mercado. Mario prefiere estos robles retorcidos, disímiles y quejumbrosos, a los árboles rectos, alineados y alienados, que le enseñaron a plantar y a industrializar durante su formación forestal.
En sus diarias caminatas junto a su rebaño alguna vez, me cuenta, se ha encontrado con cazadores, esta subespecie humana con aspecto contemporáneo y ética neolítica. Dice le gustaría gritarles que su trabajo como pastor es eso, un trabajo, mientras que lo que ellos hacen es una diversión de fin de semana. A mí también.
Mario es una buena persona. Las buenas personas se distinguen de las
malas por sus actos y su mirada. La mirada de Mario y sus actos no son equívocos. Mario, por ahora, es pastor de ovejas, a lo mejor quiere ser pastor de almas o su destino sea ese sin que él lo busque.

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