La concentración no autorizada en la Puerta del Sol, ayer martes a las ocho, probablemente sea una de las más grandes convocadas en este último período democrático en España. La más desafecta al sistema político, sin duda. Y la más gritona y la más energética y la más fotografiada y grabada. Un éxito de público y crítica.
Los insubordinados lograron cumplir su propósito y han acampado en el lugar y durante la madrugada trabajaron en la definción y distribución de tareas a las comisiones creadas ad hoc. Todo un ejercicio de ética y convicción asamblearia. El gobierno no cumplió su promesa de desalojo. Eso no significa que no lo vaya a hacer; está esperando que se reduzca el número de manifestantes. Ayer desalojaron a unos cien ahora son cerca de mil y con los ojos mediáticos vigilantes. Por ahora, no salen las cuentas para la represión. No obstante, en rigor, nadie sabe qué hacer con estos manifestantes y sus ramificaciones en muchas ciudades españolas. Ni siquiera los manifestantes mismos, da la impresión. Esto no es necesariamente negativo, por ahora.
El movimiento sabe que depende de las tecnologías y de las redes sociales para sobrevivir por eso ha pedido "a todo el mundo que vive cerca de las plazas de las acampadas que liberen sus redes wifi". Aquí está su mayor potencia y su mayor debilidad. Sin expresión física, corporal, el movimiento pierde fuerza pero sin el vínculo cibernético sencillamente no existe.
El movimiento ha hecho de la crítica a la política y a los partidos y sindicatos "tradicionales" su seña de identidad más fuerte: con ese mensaje, mil veces repetido, han logrado crecer y generar simpatías. Pero ese mensaje tiene un límite por dos motivos: en primer lugar forma parte de las actitudes antipolítica dominantes en una parte importante de la sociedad española, incluyendo las de la derecha facistoide y, en segundo lugar, sin aliados este movimiento tiene pocas posibilidades de avanzar. Y estos aliados tendrá, necesariamente, que buscarlos y encontrarlos entre el importante sector de activistas que durante años han trabajado políticamente desde una posición critica a los partidos y sindicatos tradicionales. Incluso hacia esos estos mismos sectores deberán desarrollar vías de comunicación abandonando la ilusión de que la historia ha empezado con esta generación.
El movimiento es heterogéneo, sin duda, y está en evidente proceso de construcción. Su unidad es, a la vez, frágil y sólida: "unidos por el sentido común" rezaba ayer una de las pancartas escrita sobre un cartón. Eso: frágil y sólida, como el sentido común.
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