jueves, 9 de diciembre de 2010
La última hormiga
Presionado por los innumerables emails y comentarios que han llegado a esta redacción, respondo a aquellas preguntas que se interesan por el origen del nombre del blog. Este procede de un poema de Enrique Lihn, poeta chileno por quién sentí en su momento verdadera devoción. Eran los años duros y oscuros de una dictadura que parecía eterna y cuyo hedor se colaba por todos los intersticios de nuestras vidas.
El poema, titulado Rimbaud, es una autocrítica al oficio poético: vicio inútil y gran responsable del exceso de palabras y retórica que soportan todas las cosas, incluyendo la última hormiga, según el escritor. El abandono del oficio por el poeta francés a temprana edad le sirve a Lihn para reflexionar sobre el sentido de, a pesar de todo, seguir escribiendo. Dice en el poema:
Poesía culpable quizás de lo que existe
Cuánta palabra en cada cosa
qué exceso de retórica hasta en la última hormiga
Pero en definitiva él botó esta basura
su sombrero feroz en el bosque.
El libro, La musiquilla de las pobres esferas, donde Lihn cobijó su texto, me acompañó durante un largo período en mi bolsillo de estudiante. Días cabizbajos y sin destino: soportables, sin embargo, por la presencia de la amistad, del amor y, probablemente, también por la de ese sombrero feroz que, con el transcurrir de los años, también abandonamos, no sabemos dónde.
La evidencia de la redundancia, presente ya en la época de Rimbaud y, por supuesto, en la época de Lihn, es ahora, en estos tiempos digitalizados, superlativa. Vivimos rodeados de palabras: comemos palabras y la defecamos en un ciclo perverso y ciego. Todo es convertible en palabra: signos y códigos que circulan produciendo más ruido que música de esferas. La bulimia del verbo a la vez nos seduce y nos da nauseas. Sin embargo, contra toda evidencia y por nuestra cuenta y riesgo escribimos, impúnemente, añadiendo un peso más sobre la espalda de la pobre hormiga.
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