domingo, 30 de diciembre de 2012

Arrugas


Miro mis manos y me sorprenden sus arrugas. No deberían sorprenderme porque soy un cincuentón avanzado, sin embargo lo hago pues son arrugas que no veo con esa intensidad en mi rostro en el espejo, mi reserva de identidad cotidiana. Ergo, me miro poco las manos, símbolos del "hacer" y, a lo mejor, demasiado el ombligo, símbolo solipsista.

Las arrugas de la piel humana tienen mala fama: existe una industria destinada a luchar contra ellas que fabrica toda clase de inútiles ungüentos, incapaces de detener la entropía de la vida. Hace unas décadas Adolfo Dominguez las reivindicó para la ropa. El eslogan "La arruga es bella" acompañó nuestros años de la "Movida" y del disseny, cuando España parecía, por fin ser europea, rubia y de ojos azules."Cuando fuimos los mejores " cantaría después el inefable Loquillo.Luego llegó la lenta decadencia del imperio de las ilusiones hasta hoy, tiempos abúlicos, ansiosos y menesterosos.

Una arruga es "un pliegue de la piel que puede ser provocado por distintos factores pero principalmente por la edad. Por extensión, cualquier pliegue en una superficie flexible". Las arrugas son surcos que el tiempo dibuja sin nuestro consentimiento, en la epidermis y en las profundidades también. Los años nos hacen rugosos, asperos, con demasiados relieves y sinuosidades. Pero para salvarnos existen las arrugas de la risa,  arrugas felices y vitales. Probablemente, son pocas, muy pocas, pero se han quedado allí  tal vez para recordarnos que en realidad nunca hemos sido ni seremos los mejores sino que más bien somos lo que hemos podido ser riéndonos de nosotros mismos.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Mario, el pastor

Mario se abriga porque en la Sierra madrileña ahora hace un frío del carajo, aunque no es imprescindible que los grajos aparezcan por algún lado, y sale a acompañar a sus ovejas por las laderas de unos montes hirsutos y cenicientos. Yo acompaño al acompañante y también me abrigo,  preparándome para caminar unas horas de quietud bajo un sol invernal que lucha contra el incansable viento serrano. Aquí hay poesía a la espera del poema y del poeta que lo escriba.

Las ovejas son seres extraños, gregarios hasta el exceso. Son máquinas de comer, instintivas y sensoriales. Nacen para reproducirse, como nosotros, los monos desnudos, sólo que ellas no lo saben. Nosotros lo sabemos pero eso no nos salva de la estupidez. Mario me dice que este gregarismo atrae a los corzos, que él ha visto durmiendo en medio del rebaño de ovejas. Todos, al parecer, necesitamos el calorcito de la manada, o de la tribu, para paliar por un momento la soledad que, aunque la busquemos, no deja de parecernos, a veces, excesiva.

A Mario le gusta este bosque que ha ido creciendo de manera espontánea, sin que sea necesario una plantación de árboles con diseño ingenieril y objetivos de mercado. Mario prefiere estos robles retorcidos, disímiles y quejumbrosos,  a los árboles rectos, alineados y alienados, que le enseñaron a plantar y a industrializar durante su formación forestal.

En sus diarias caminatas junto a su rebaño alguna vez, me cuenta, se ha encontrado con cazadores, esta subespecie humana con aspecto contemporáneo y ética neolítica. Dice le gustaría gritarles que su trabajo como pastor es eso, un trabajo, mientras que lo que ellos hacen es una diversión de fin de semana. A mí también.

Mario es una buena persona. Las buenas personas se distinguen de las malas por sus actos y su mirada. La mirada de Mario y sus actos no son equívocos. Mario, por ahora, es pastor de ovejas, a lo mejor quiere ser pastor de almas o su destino sea ese sin que él lo busque.