Que "no somos nada" está claro por lo menos desde que a la humanidad se le ocurrió sintetizar en frases como ésta su debilitada autoimagen. Los letristas de tangos hicieron orfebrería en este campo. Pero en pocas ocasiones tenemos la oportunidad de verificar con la simple realidad nuestra condición de peleles. Al bípedo arrogante, que no ha parado de destruirla, de vez en cuando la naturaleza se le encabrita y muestra su verdadero poder. La asimetría es total. Japón se retuerce de dolor después del terremoto y el tsunami: su poder económico, científico y tecnológico y su cultura de la prevención no han podido evitar la catástrofe.
A la provocada directamente por el movimiento sísmico se añade la que late en las entrañas del reactor de Fukushima dispuesto a extender su veneno radiactivo a la atmósfera. Jugar a la omnipotencia siempre le ha salido mal al bípedo de marras: torpe y cortoplacista creyó poder controlar la energía para alimentar su voracidad infinita. Pero la energía atómica, réplica de la energía del Sol, es un juego para mayores de edad y para los dioses.
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