En medio de la obscena ofensiva, política y comunicacional, del gobierno español, destinada a cargar sobre los hombros de los trabajadores las consecuencias de una crisis del capital financiero, Marcelino Iglesias, número tres del PSOE dice que “no hay nada más socialista” que ampliar la edad de jubilación hasta los sesenta y siete años.
Apelar al socialismo desde un partido político cuya tarea, ahora deficitaria, ha sido desde hace más de tres décadas la gestión de la modernización capitalista española es pura demagogia. A esa que nos tenía acostumbrado, en sus tiempos de oro, Alfonso Guerra con la apelación a sus “descamisados”
El término socialismo ha perdido valor utópico por dos motivos: por el rotundo fracaso de las experiencias totalitarias que se desarrollaron en su nombre a lo largo del siglo pasado y por la inmoral apropiación de éste por parte de partidos de centro derecha, como el PSOE, residuos de una socialdemocracia alguna vez digna.
Desde la debacle del socialismo real el desmontaje de toda idea socialista ha sido realizado de forma tenaz principalmente por sus defensores otrora. Durante más de tres décadas, en todo el mundo, grupos e individuos que se declaraban de izquierdas abjuraron de sus principios socialistas y se convirtieron en administradores más o menos eficaces de un capitalismo único y globalizado. En primera fila encontramos a los más dogmáticos y puristas revolucionarios, expertos en purgas internas y guardianes de las más diversas ortodoxias marxistas, que pasaron, sin grandes dificultades al parecer, desde el Comité Central a los Consejos de Administración de grandes empresas. O desde el oscuro catecismo leninista a la rutilante jerga del management que, entre otras cosas, les propuso, exitósamente, cambiar el sujeto revolucionario colectivo por el emprendedor individualista.
Con diversos grados de negación de sus anteriores convicciones, ya sea en la oposición o como gobernantes, hicieron del mercado su nuevo fetiche. Sacrificaron la igualdad y la fraternidad de la ética socialista en el altar de una libertad entendida en el sentido del ideario liberal recuperado. Toda una generación de políticos de izquierda transitó por un aburrido camino de reformas cosméticas a un sistema que al final vuelve a mostrar sus fauces.
Apostatas y conversos de todo tipo comunicaron, urbi et orbi, su cambio de fe. Una parte importante decidió, en diferentes oleadas, formar parte, por ejemplo en España, del grupo de choque ideológico de la derecha más ultramontana. Fueron recibidos en el seno de ésta como el regreso del hijo pródigo al hogar familiar.
Ya sea como huestes ideológicas o administradores acríticos del sistema esta generación de renegados han sido responsables del vaciamiento y expulsión del campo social de toda idea progresista y solidaria, no sólo la socialista. Han sido los responsables del agotamiento de la energía utópica una de cuyas consecuencias es la preparación del camino para el retorno de los fascismos soterrados durante décadas, intramuros ya de la ciudad democrática.
Junto a esta izquierda entreguista ha sobrevivido otra, dogmática y refractaria a las evidencias de los desastres históricos de los infiernos socialistas reales y/o asentada en cuerpos teóricos desfasados incapaces de dar cuenta de la actual sociedad tecnologizada y sus particulares mecanismos de exclusión y daño medioambiental.
La barbarie probable a la que nos enfrentaremos en las próximas décadas hace necesaria propuestas políticas contrahegemónicas que no emerjan de un centro rector sino desde zonas ampliadas de respuestas, combinado los enfrentamientos al Todo con la construcción, aquí y ahora, de espacios existenciales, económicos e informativos autónomos. La oposición a la razón única exige la articulación de las diversas razones de los subordinados en estrategias que expresen lo común de lo diverso. “No hay verdades únicas ni luchas finales, pero aún podemos orientarnos mediante las verdades posibles contra las verdades evidentes y luchar contra ellas. Se puede ver parte de la verdad y no reconocerla. Pero es imposible contemplar el Mal y no reconocerlo. El Bien no existe, pero el Mal me parece o me temo que sí” (Manuel Vázquez Montalbán)
Los que nunca comulgamos en la iglesia leninista; los que mantuvimos y mantenemos un razonable escepticismo frente a los proyectos de salvación colectiva o que imaginábamos, en todo caso, una sociedad y una práctica política horizontal, participativa, libertaria y solidaria, lejos, muy lejos del ideario burocrático y autoritario, quizás podamos ofrecer al desvaído imaginario progresista una reinvención de la esperanza utópica y del ideal de cambio. Ambos necesarios para revitalizar los terrenos yermos de esperanzas que dejaron las traiciones entreguistas y totalitarias.
Apelar al socialismo desde un partido político cuya tarea, ahora deficitaria, ha sido desde hace más de tres décadas la gestión de la modernización capitalista española es pura demagogia. A esa que nos tenía acostumbrado, en sus tiempos de oro, Alfonso Guerra con la apelación a sus “descamisados”
El término socialismo ha perdido valor utópico por dos motivos: por el rotundo fracaso de las experiencias totalitarias que se desarrollaron en su nombre a lo largo del siglo pasado y por la inmoral apropiación de éste por parte de partidos de centro derecha, como el PSOE, residuos de una socialdemocracia alguna vez digna.
Desde la debacle del socialismo real el desmontaje de toda idea socialista ha sido realizado de forma tenaz principalmente por sus defensores otrora. Durante más de tres décadas, en todo el mundo, grupos e individuos que se declaraban de izquierdas abjuraron de sus principios socialistas y se convirtieron en administradores más o menos eficaces de un capitalismo único y globalizado. En primera fila encontramos a los más dogmáticos y puristas revolucionarios, expertos en purgas internas y guardianes de las más diversas ortodoxias marxistas, que pasaron, sin grandes dificultades al parecer, desde el Comité Central a los Consejos de Administración de grandes empresas. O desde el oscuro catecismo leninista a la rutilante jerga del management que, entre otras cosas, les propuso, exitósamente, cambiar el sujeto revolucionario colectivo por el emprendedor individualista.
Con diversos grados de negación de sus anteriores convicciones, ya sea en la oposición o como gobernantes, hicieron del mercado su nuevo fetiche. Sacrificaron la igualdad y la fraternidad de la ética socialista en el altar de una libertad entendida en el sentido del ideario liberal recuperado. Toda una generación de políticos de izquierda transitó por un aburrido camino de reformas cosméticas a un sistema que al final vuelve a mostrar sus fauces.
Apostatas y conversos de todo tipo comunicaron, urbi et orbi, su cambio de fe. Una parte importante decidió, en diferentes oleadas, formar parte, por ejemplo en España, del grupo de choque ideológico de la derecha más ultramontana. Fueron recibidos en el seno de ésta como el regreso del hijo pródigo al hogar familiar.
Ya sea como huestes ideológicas o administradores acríticos del sistema esta generación de renegados han sido responsables del vaciamiento y expulsión del campo social de toda idea progresista y solidaria, no sólo la socialista. Han sido los responsables del agotamiento de la energía utópica una de cuyas consecuencias es la preparación del camino para el retorno de los fascismos soterrados durante décadas, intramuros ya de la ciudad democrática.
Junto a esta izquierda entreguista ha sobrevivido otra, dogmática y refractaria a las evidencias de los desastres históricos de los infiernos socialistas reales y/o asentada en cuerpos teóricos desfasados incapaces de dar cuenta de la actual sociedad tecnologizada y sus particulares mecanismos de exclusión y daño medioambiental.
La barbarie probable a la que nos enfrentaremos en las próximas décadas hace necesaria propuestas políticas contrahegemónicas que no emerjan de un centro rector sino desde zonas ampliadas de respuestas, combinado los enfrentamientos al Todo con la construcción, aquí y ahora, de espacios existenciales, económicos e informativos autónomos. La oposición a la razón única exige la articulación de las diversas razones de los subordinados en estrategias que expresen lo común de lo diverso. “No hay verdades únicas ni luchas finales, pero aún podemos orientarnos mediante las verdades posibles contra las verdades evidentes y luchar contra ellas. Se puede ver parte de la verdad y no reconocerla. Pero es imposible contemplar el Mal y no reconocerlo. El Bien no existe, pero el Mal me parece o me temo que sí” (Manuel Vázquez Montalbán)
Los que nunca comulgamos en la iglesia leninista; los que mantuvimos y mantenemos un razonable escepticismo frente a los proyectos de salvación colectiva o que imaginábamos, en todo caso, una sociedad y una práctica política horizontal, participativa, libertaria y solidaria, lejos, muy lejos del ideario burocrático y autoritario, quizás podamos ofrecer al desvaído imaginario progresista una reinvención de la esperanza utópica y del ideal de cambio. Ambos necesarios para revitalizar los terrenos yermos de esperanzas que dejaron las traiciones entreguistas y totalitarias.
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